Con el Samsung Galaxy S26 Series me pasó algo curioso: no fue amor a primera vista, pero sí una de esas cosas que empiezas a valorar mientras más lo usas. Y creo que eso habla bien del enfoque que tomó Samsung este año.

Hoy, con todo el boom de la inteligencia artificial, uno pensaría que el foco está solo en software, pero el diseño sigue siendo clave. Y acá se nota que no quisieron reinventar todo, sino pulir lo que ya venían haciendo bien. Es un equipo cómodo, liviano dentro de lo que es su gama, y sobre todo bien equilibrado en la mano. No cansa, no molesta, no estorba… que parece obvio, pero no todos lo logran.

En mi caso, que paso gran parte del día con el teléfono en la mano —grabando, editando, respondiendo cosas— se agradece mucho esa ergonomía. Hay detalles como los bordes, el agarre o incluso cómo se distribuye el peso que terminan marcando la diferencia en el uso prolongado.

Visualmente también va por una línea más limpia. No es un teléfono que busque llamar la atención de forma exagerada, sino que se siente más sobrio, más maduro. Y eso conecta bastante con lo que está pasando hoy: menos show, más funcionalidad.

Al final, el diseño del S26 es de esos que no necesitas explicar demasiado. Lo usas, te acostumbras rápido y después te cuesta cambiarlo. Y sí, puede que no sea el más “disruptivo”, pero definitivamente es uno de los más cómodos que he probado últimamente.

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