“Una sociedad perfecta a cambio de perder la identidad individual”

La humanidad cambió; tras la guerra de los nueve años, el mundo evolucionó, y todo fue para crear un futuro mucho mejor.

En esta revisión haré un repaso de los hechos más destacados de la historia, junto a un análisis del tema del libro y mi experiencia al leerlo.

La historia

En un futuro no muy distante, la humanidad se ha convertido en una gran nación; gobernados por los más aptos, todos siguen un comportamiento predeterminado y son felices, ya que realizan una contribución a la sociedad, obtienen las cosas que quieren y están en donde deben estar.

Este modo de vida es posible gracias a que se ha reformado la forma de existir de la sociedad misma; los seres humanos son producidos en masa, a través de un proceso que los predestina a ser aptos para una determinada ocupación. Solo los alfas serán los potenciales científicos y gobernantes, mientras que desde betas hasta epsilones son condicionados desde la etapa embrionaria para desarrollar determinadas labores.

Menos inteligentes, menos atractivos, y programados cerebralmente para sentirse satisfechos con su existencia, las labores que hacen y su lugar dentro del sistema.

Esta felicidad está determinada por la programación; a los de castas más bajas se les predispone a no pensar más que en su trabajo, a sentirse satisfechos de aquello que tienen y no intentar mezclarse con otros o pretender conseguir cosas que no corresponden a su nivel.

Dentro de este mundo feliz y perfecto, en donde el soma es una droga legal y utilizada para evadirse de cualquier cosa que amenace la estabilidad, hay algunas personas que tienen algunos pensamientos propios. Tal vez los conceptos arcaicos de amor, familiar u hogar no sean tan malévolos como se los ensenan en las clases de historia; quizá las ideas individuales no sean el germen de la destrucción. Tal vez las zonas no urbanizadas no son un infierno salvaje como se dice de ellas.

Pero cualquiera de estas voces siempre termina siendo acallada; el sistema persiste, las anomalías son descartadas, los embriones siguen siendo predestinados para ciertas labores, el comercio se mantiene al alza, y en definitiva, el mundo sigue el orden que se le asignó cuando todo cambió. No hay dolor ni tristeza, y nadie necesita ideas propias cuando las implantadas son perfectas.

¿Cómo lo viví?

Este mundo completamente plástico, artificial y mecánico es una visión aterradora pero muy realista de nuestra sociedad; como es lógico, resulta muy actual pese a haber sido escrita hace más de ochenta años, ya que muestra una sociedad en donde no hay individualidades. No existen las guerras, pero no porque haya paz, sino porque nadie piensa por sí mismo; nadie cuestiona el conocimiento, ni desafía las leyes, porque se ha perfeccionado un sistema de predisposición mental en donde nadie se plantea siquiera estar fuera del sistema.

Por supuesto, el libro plantea una serie de cuestionamientos validos en el presente. ¿Podemos ser felices si no podemos decidir por nosotros mismos?

Tener la tecnología para manipular a la humanidad ¿Da el derecho a hacerlo?

¿Es la paz una excusa para hacer cualquier cosa?

¿Quién juzga al que lo controla todo?

Estas y otras interrogantes son parte esencial de la obra; una mirada fría y dura a un futuro que actualmente vivimos a trozos, en una sociedad cada vez más enfocada a la imagen por sobre la sustancia, y en donde las opiniones personales son amenazadas con la supresión.

¿A quién lo recomiendo?

A quien quiera darse una vuelta por ciencia ficción distópica, en donde el fuerte es un enfoque realista y no hay una guerra que luchar, porque quien gana ya lo ha hecho. Es un ejercicio interesante que desafía muchos convencionalismos.

Nos leemos en una próxima edición de este espacio, donde revisaré otro libro que leí alguna vez.

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